Lo que quiero es incomodarme con una posición: la de no anestesiarme con la noticia, ni dejarme capturar por la euforia o el cinismo. Sostener una atención ética y prolongada. Preguntarme no solo quién cae, sino qué prácticas siguen, qué miedos se heredan, qué discursos continuarán funcionando.
Daniel, como le dice a su pueblo, no les pide que aceleren la historia, sino que no pierdan el alma mientras la historia se mueve. Esa es una política que a mí me persuade, me llama, me seduce a seguir encontrando vueltas para habilitar praxis y quehaceres políticos, míos y de los demás. Especialmente de mis gobernantes, como puntos de fuga donde pueda empezar a palpar formas que están ahí, pero que nos cuesta tanto invocar.
La escritura en la pared, creo, no solo se dirige al tirano. También está dirigida a quienes miran, esperan, desean y proyectan. Porque Daniel no está fuera de la historia como un juez; vive en el sistema que critica. La pregunta no es solo qué pasa cuando cae el poder injusto, sino qué nos pasa a nosotros mientras esperamos. Siento que tenemos una facilidad, y un morbo placentero, de vivir en función de la caída del otro. Y eso se puede convertir en una obsesión, en un horizonte que es excusa para postergar la verdadera transformación. Hay que romper con esa lógica.
No es menor que la escritura aparezca en un banquete, y no en una batalla. En un espacio de exceso, desconexión, anestesia y desidia. El fin de un régimen no garantiza el fin de sus prácticas, resentimientos o simplificaciones. Muchas veces lo que se hereda no es libertad, sino una versión que recicla el mismo esquema con otros nombres.
«Tekel. Pesado». Creo que no se refiere solo al rey. Todo es pesado: las decisiones, los silencios, las esperas. El problema no es ser malo, sino volverse liviano, reactivo, previsible. Y si eso pasa, dejamos de habitar la historia; la historia empieza a usarnos. Daniel no grita consignas ni promete finales claros. Ofrece una ética del tiempo largo. De vivir de un modo que, pase lo que pase en el imperio que nos toque, no se nos rompa un eje adentro. Eso no es pasividad; es una forma de resistencia que ni siquiera necesita enemigos permanentes.