«Mene, Mene, Tekel, Uparsin». Contado, pesado, dividido. La estructura del relato es clara: la ostentación del poder que usa lo sagrado para su fiesta, la mano que escribe lo inevitable, la interpretación del exiliado fiel, la caída inmediata.
La caída de Maduro puede leerse, en un sentido limitado, como un «mene, tekel» sobre un régimen que causó sufrimiento masivo. Pero la mano que ejecuta este juicio pertenece a un imperio con sus propias cuentas pendientes. La mano que escribe hoy el juicio sobre Maduro podría estar escribiendo mañana el suyo propio. No hay imperios inocentes en Daniel.
El pueblo venezolano queda atrapado entre Babilonia y Persia. La pregunta a abandonar es ¿cuál imperio es el bueno? sino ¿cómo mantener fidelidad a una soberanía que trasciende a ambos?.
La postura que podemos ejercitar es la de reconocer el juicio sin celebrar al ejecutor, lamentar toda violencia, nombrar la hybris del nuevo poder y sostener la esperanza más allá de los imperios. Empezar a habitar la expectativa de algo cualitativamente diferente: un orden donde el poder no sea ocupación y apropiación, sino justicia, misericordia y dignidad compartida.