La trampa de la polarización

Vuelvo a mi esfuerzo deliberado por desagregarme de la polarización. Es lo que suele pasar cuando la historia se acelera y la emoción maneja el nave. Hay que estar quieta y observar, aunque eso parezca sospechoso. 

La euforia no es falsa, yo eso lo entiendo, es un síntoma de un alivio acumulado y comprensible. El problema no es la alegría, sino cuando se convierte en una certeza moral absoluta. 

Ahí se alimenta la polarización: el mundo se divide rápido entre buenos y malos, salvadores y monstruos. La división simplifica la realidad para poder soportarla, pero a un costo altísimo que la deshumanización del otro, y eso termina deshumanizándote a vos. 

Yo creo que todo esto es una lucha por el sentido. Cada bando quiere apropiarse del acontecimiento para confirmar su relato previo. Ninguno quiere dejar que el hecho lo transforme y quieren usarlo para tener razón. Cuando los hechos solo refuerzan identidades, dejan de enseñarnos. El odio es una forma de dependencia que se agota rápido y deja la tierra arrasada. A los imperios les encanta.

La resistencia que me llama ahora no es gritar más fuerte, sino no permitir que la polarización me robe la capacidad de pensar, de escuchar, de sostener la atención sin resolverla rápido.