Correr el foco

El ejercicio posible, entonces, es correr el foco. Salirnos del bucle del líder, detenido, exiliado o reemplazado, y empezar a pensar en la clave que Daniel comparte. Él no personaliza el mal político; lo despersonaliza. Nos dice que los imperios son bestias precisamente porque funcionan más allá de los individuos. Y que cuando uno cae, otro muy parecido puede ocupar su lugar, si el deseo colectivo sigue orbitando en las mismas construcciones de sentido.

Daniel nos da pistas para no confundirnos emocionalmente con el espectáculo del poder. Nos abre una puerta para no adorarlo ni odiarlo, porque el odio también ata. La búsqueda es la de la lucidez, no la de la adrenalina moral o la cancelación del otro.

Si bien con la detención de Maduro algo terminó, no necesariamente algo bueno empieza. La caída no es lo mismo que la transformación. Veo la caída como un evento; la transformación, como un proceso largo, silencioso y a menudo frustrante. Daniel siempre vivió en el imperio, pero nunca fue del imperio. Caer en la ingenuidad de los finales rápidos nos puede hacer mucho daño.

Las promesas que se acercan más a lo que Jesús nos dice son las que prometen sentido, paz y fidelidad interior en medio de la espera. Y eso es mucho más exigente que una revolución o una intervención. La escritura en la pared no es un anuncio de esperanza ingenua; es una sentencia a una vida de incertidumbre. Porque después de Babilonia no viene un paraíso, viene Persia. Cambia el régimen, pero no cambia el mundo. Y Daniel nos enseña que incluso ahí, en cambios imperfectos, hay un orden más profundo que no depende de esos tronos.